4.12.09

Soy un mal zapatista

Anecdotario ficticio y personal de un paso tangencial por el zapatismo

Una y otra vez, momentos importantes de mi vida fueron marcados por el zapatismo, una y otra vez intenté plantarme, hacer de mi un militante obediente, un adherente pegajoso e irreductible. Pero una y otra vez fracasé por azares del destino (y uno que otro azahar). Parafraseando a un Jaime (otro Jaime, apellidado Morrison, de la UCLA), no importaba la inteligencia o la sensibilidad con que lo intentara, indefectiblemente mi alma de payaso me obligaba a meter la pata en los momentos más importantes.

Uno: Tres estudiantes de comunicación de la UAM de paseo por San Cristóbal se cuelan a una reunión donde periodistas y activistas locales planean "La Jornada Chiapas". La contraseña para poder entrar fue: "Somos amigos de Amadito", aunque dos de ellos ni siquiera lo ubicaban de vista. No evitan preguntar sobre los enfrentamientos recientes de un grupo guerrillero con el ejército. "Si, los hemos visto, vienen y nos dejan sus documentos en la puerta, pero no hemos hablado con ellos". No preguntan más y se concentran en el asunto del nuevo periódico (que por aquel entonces era toda una referencia).

Luego, ya solos, los tres estudiantes se plantean la posibilidad de quedarse a apoyar el proyecto periodístico: "¿Para qué? dice uno de ellos, si se ve que aquí nunca pasa nada". Regresan a "la gran ciudad donde pasan las cosas" y no volverán a viajar juntos a ningún lugar. Tampoco habrá Jornada Chiapas, en buena medida por la vorágine de acontecimientos que vendría cuatro meses después donde varios de los presentes en aquella reunión se volverían protagonistas de las noticias pero también porque harían falta, por ejemplo, tres pares de manos de jóvenes comunicadores enjundiosos.

Dos: Una marcha sienta las bases de los que más adelante será el zapatismo civil, el zapatismo urbano. Miles (o más) marchamos, no en apoyo a la guerrilla sino con la esperanza de detener masacres en Chiapas. En los anales queda registrado que esa marcha detuvo la guerra. Una de las pocas marchas en la historia que ha conseguido algo concreto, heroico, trascendente. Es también la marcha de las siglas. Los jipis, los comunistas, los pacifistas, los estudiantes, los obreros, los partidos, los new age, todos juntos y todos con sus mantas y carteles identificándose. Éramos todos y todas, de todos colores, de todo signo, de toda fuente.

En Av. Madero, antes de llegar al Zócalo, leo que el periódico vespertino anuncia el cese al fuego —Salinas lo había ordenado, tres horas antes de la marcha—. Trato de decirles, de convertir esa marcha por la paz en una fiesta, celebrar el recule, aplaudir el fin de las balas. "Esta marcha no es de fiesta" me responde uno que contaba cabezas mirando su futuro. Todos, menos yo, quedan convencidos de que la guerra se detuvo después de la marcha, gracias a la marcha. Y cada vez que lo decía, la señora sociedad civil me odiaba más por poner en duda su fuerza y su poder.

Tres: La asamblea de la universidad elige a sus delegados a la Convención Nacional Democrática, que se celebrará enmedio de la selva. Alguien grita mi nombre. En un segundo pienso en el largo viaje, en el lodo, en el calor, en las horas y horas de espera, en las pulgas, en la terracería, en todo el trabajo y el "compromiso con la Historia" que tendría al volver. Pienso sobre todo en esa hermosa muchacha que no quiso entrar a la asamblea, que está a punto de decirme que si y que si me voy ahora seguramente me olvidará.

Rechazo el nombramiento. Recuerdo al menos otros dos que lo rechazaron (César y Noé). Los tres delegados elegidos en esa asamblea son ahora críticos alejados del zapatismo: Héctor desde su oficina del partido, Ana desde su empresa consultora de PEMEX y Pedro desde la redacción de su revista. La muchacha me olvidó, se casó con otro y tuvo un hijo tan hermoso como ella. Me sigo arrepintiendo, no por la decisión, sino por el viaje que no me aventé, el primer zapatour de la historia.

Cuatro: No participo en los cinturones de paz durante el diálogo, ni en Catedral ni en San Andrés. Hace unos días, en una fiesta, no pude participar de una conversación por no tener anécdotas que contar al respecto. Donde si me formé fue en la valla que recibirá a la comandante Ramona, para el Congreso Nacional indígena. Varias horas frente al Centro Médico, esperando el camión que la transportó de Chiapas al DF.

El primero en bajar fue Elorriaga, que algo dijo y de inmediato se armó el caos, todos quieren ver a la comandata. Empiezan los golpes y los gritos de "fuera la prensa": los fotógrafos de primera fila no dejaban ver a los vallistas. El show no es para hacer presencia en medios, no es para aumentar la resonancia de lo que se dirá en el congreso, el show es para que nosotros, los vallistas, podamos ver de cerca a Ramona. Escucho por primera vez la frase que define a esos profesionales de la seguridad zapatista: "Les sale el policía que todos llevamos dentro". Fue mi última vez como cinturón de seguridad.

Cinco: En la fundación del Frente (el FZLN) las palabras son fundamentales. Un grupo peleamos por la permanencia de un artículo en los documentos fundacionales, un pequeño y solitario texto que decía: "es necesario resignificar nuestro lenguaje". Discutimos, neceamos, argumentamos. Mientras eso hacíamos, por otro lado, un grupo logra la inclusión de la palabra "socialismo". André Bretón dijo una vez "17 derrocará siempre a 71". Esa tarde no pudimos.

Por la misma ingenuidad de imberbe resulté ser el primer "expulsado" del FZLN. No logré integrarme a un comité (obligatorio para pertenecer) porque no conocía a nadie, intente inscribir un comité yo sólo, donde el "al menos tres" lo completé con mi gata (Luka) y mi pez (Shpakinté); el comité se llamaría Olomtik. El de la mesa de registro me dice "No compañero, no es Olomtik, es Oventik", intento explicarle que el tsotsil y el tseltal tienen más palabras, le hablo del inframundo y de mi onda darketona. "Yo he estado en Chiapas y SÉ que se dice Oventik" me responde sin escuchar. El compañero no está para bromas y cuando se entera del gato y el pez se ofende durísimo y me pide no regresar a la calle Zapotecos hasta que aprenda a respetar la lucha. No precisamente de este modo, pero de muchos otros, los del Frente se irán quedando solos, poco a poco, hasta desaparecer. Yo de por sí estaba solo.

Seis: La primer consulta zapatista se hizo con el apoyo e infraestructura de una organización vinculada con la CIA. Yo formaba parte de esa organización y hasta hice mi tesis de licenciatura sobre ellos. Entonces podíamos pretender ser árbitros, votar por Cuauhtémoc, marchar con Andrés, llenar caravanas convencidos de ayudar, ir al concierto con tu kilo de frijol. Entonces todavía cuestionaba la redacción de las preguntas, el acarreo de consultados, la presión para que la gente de la calle respondiera preguntas de las que no tenía idea ni opinión (y Bourdieu al oído, susurrándome). Entonces no entendía nada.

Años después, ya fuera de la organización vinculada con la CIA, participé en la otra consulta. En las reuniones de coordinación (la coordinadora) estuvimos en muchas discusiones (desde una minoría ridícula) para que no se usara la consulta como estrategia partidista del movimiento urbano. Meses más tarde, seguiríamos discutiendo con las mismas personas, que de pronto eran también estudiantes de la UNAM. También ahí perdimos todos los debates y también ahí éramos minoría ridícula. La peor derrota, más íntima, fue cuando en la huelga, luego de varias broncas internas entre nosotros y los otros, el sub Marcos mandó una carta dándole su apoyo a los segundos. Todavía no entiendo nada de lo que pasó en aquel entonces.

Siete: Febrero y Zedillo nos sorprendieron con el miedo. Fuimos a las ventanas y a las puertas a quitar propaganda, consideramos esconder videos y libros —esas eran las pruebas contra los recién encarcelados—. No lo hice, porque como siempre dije "¿Nosotros qué?, no tenemos nada que ver." Los balazos habían sido una confusión, como lo habían sido siempre. Ni siquiera The entertainer al teléfono me hizo cambiar de opinión. El resto comenzó a mirar por encima de su hombro.

Con miedo y todo volvimos a marchar. El contingente de la UAM era más nutrido. Competían por compartir una parte de la historia de un nuevo personaje: Podrá haber estudiado en Filosofía de la UNAM, pero dio clases en la UAM. Un tal Témoris inventa una consigna ñoña: "Marcos fue mi profe". Basados en la información de la PGR legitiman un personaje que debíamos negar, un personaje que era invención de Zedillo. En esa lógica Alfredo, Linda, Diego, Pedro y yo hicimos nuestra manta: Marcos no es uno, somos todos. "No cabe esa frase, hay que acortarla", dice Alfredo. Queda "Marcos somos todos". Luego, ya en la marcha, la frase pasa de boca en boca y de contingente en contingente, trasciende el tiempo. Más que ser adoptada, fue adaptada, el "Todos somos Marcos" estaba más en la lógica de la figura idolatrada y la masa que le apoya (¡Todo lo contrario de lo que queríamos decir!). Un detalle semántico que nos impide reivindicar su creación.

Foto: Ricardo Cruz Orea. Publicada en el libro "EZLN, otro mundo es posible.
Memoria de 12 años del movimiento zapatista en México"

Ocho: Fox hablaba, los zapatistas marchaban al DF y yo planeaba una boda (la mía). Acomodamos la fecha para poder llegar a la ciudad de México el mero día en que entrara la caravana y no perdernos el momento histórico. Cuando ya estaban listas las invitaciones me enteré que habían cambiado la fecha. Cambié la fecha de la boda. Cuando estábamos por terminar las nuevas invitaciones volvieron a cambiar la fecha de arribo al Zócalo. Volvimos a cambiar la fecha del casorio. Fox seguía hablando.

La boda sucedió. A pesar de estar en territorio hostil (el mismo Marcos tuvo que pedir permiso para pasar por ahí semanas antes) hubo suficiente Che Guevara y suficiente trova como para no sentir defección. Todo fue de acuerdo a lo planeado y al otro día, crudos y desvelados, salimos 20 personas en tres autos con dirección al DF para recibir a los comandantes en su entrada triunfal a la capital. Fuimos rápido y casi no tuvimos tráfico íbamos emocionados, cantando himnos y toda la cosa. En la entrada al DF prendimos la radio y escuchamos la voz de un reportero: "…la caravana zapatista va de regreso a la ENAH, luego de que esta mañana la comandancia decidió adelantar cuatro horas la concentración en el Zócalo, que registró un lleno total".

Nueve: La otra campaña comenzó en mi casa. No es exactamente cierto, pero me gusta decirlo así. Era el fin de octubre y todas las actividades otracampañísticas empezarían el 1 de noviembre. Pero un grupo de activos residentes de sancris decidieron empezar antes y por alguna razón que desconozco su primer acto fue a cuadra y media de mi casa. Ya que estaban ahí ayudé un poco con el montaje y esas cosas. Los discursos preparados para la ocasión me daban hueva. Luego la otracampaña se convertiría en esa vergonzante contracampaña autoboicoteadora, pero luego. Ese día iban contra todos los partidos y candidatos.

Cuando acabó el acto, invité a la comitiva a tomar un vaso de agua a la casa. Mi vecino el policía vio como los "zapatistas" entraban a mi casa. "Pasen a la sala mientras les sirvo" dije amablemente. Cuando regresé con el agua tenían varias preguntas y comentarios: ¿Por qué tienes tantos controles remotos? ¿Toda esta casa es nomás para ti? ¿Cuántos pisos tiene? "Está chida tu sala, con alfombra y todo". No recuerdo que respondí pero terminaron su vaso de agua, se levantaron y se fueron. Quise decir que nada de eso era mío, que yo sólo cuidaba la casa; quise decir que me gustaba coleccionar controles aunque sólo uno sirviera, pero no dije nada porque me sonaba a justificación barata con quien no la había pedido. No me volvieron a invitar a ningún otro acto.

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El otro día salí a la calle, saludé a mi vecino el policía, caminé a mi trabajo (que es un lugar del gobierno y proimperialista y de la CIA), y ahí, frente a la secundaria coleta donde estudié, me di cuenta de que nunca lograría ser un zapatista (de los civiles, de los que nomás apoyan) con plenos derechos de voz, descalificación y obediencia. Entonces me di cuenta de que no quería serlo, de que me gustaba más no serlo, que quería apoyarles cuando sintiera necesario, aprenderles todo lo posible, votar cuando yo quisiera y por quien sea, no dar ni pedir certificados de buena conducta, mirar hacia afuera y pensar pa' todos lados.

"Soy un mal zapatista" dije sonriendo y seguí caminando.

5 comentarios:

Domingo dijo...

Chingón!! jajaja y que viva Zapata!!
un abrazo

Alicia Andares dijo...

Me hiciste acordar cuando un galán, con el que caminaba hacia el café (primera cita), me preguntó, antes que nada, "¿eres adherente?". Yo hice un chiste tipo: "nomás cuando me mojo", que no entendió... y la relación no fructificó (bueno, ya ni empezó).

Rodrigo Solís dijo...

Yo te entiendo, mi hermano. A mi también me ha pasado! Yo así lo he sentido!
Qué bien escrito.

Noeve dijo...

Pinche Leonardo, muchas de esas crónicas marcianas, otros dirían marihuanas por que no te conocen, son parte de mi hisotira, yo si le entré al toro, y hasta me lo creí un tiempo, si hay algo que aprecio d euna persona es el poder de la crítica, chiro, me hiciste recordar retartas cosas de aquellos ayeres que nos tienen donde estamos.

Anónimo dijo...

Cuando el EZLN iniciaba la "Marcha del Color de la Tierra", yo trabajaba en el CDH Fray Bartolomé de Las Casas. El mero día, por azares del destino, fuí vestido de negro. Había que documentar el hecho y otro compañero y yo tomamos la cámara y salimos a filmar. Curiosamente, mi amigo también fue vestido de negro.

2 tipos vestidos de negro filmando una manifestación civil de un grupo opositor al gobierno. En la filmación, todo el contingente de la UNAM aparece gritandonos consignas a la camara y rayandonos la madre.

Pacox