11.7.08

El sentido del miedo

Viajo de Tapachula a Tuxtla en el servicio de avión por tierra (así dice la publicidad de los camiones Uno). El chofer, antes de salir, nos advierte que guardemos nuestras joyas, porque están asaltando en el camino y que él definitivamente se tendrá que parar y dejar pasar a los asaltantes. Un grupo de maestras que viaja a un congreso en Puebla, sentadas adelante de mi, se ponen aprehensivas, giran, dan vueltas, giran, se revuelven. Me contagian y me pongo inquieto, hasta que descubro que no llevo joyas, ni dinero, sólo unos lentes rayados y un reloj de pulsera promocional de alguna marca de foto.

El camión se detiene. Sube un migra (del INM). Una de las profesoras lo detiene, le dice que ella es sobrina del hermano del primo de algún delegado de alguna policía local, le pide que lo llame para que de instrucciones de cuidar este camión en toda su ruta porque viene ella. No sé si el migra alcanza a entender, pero la convicción y belleza de la profesora son suficientes para decir que si a todo.

El camión se detiene otra vez y sube una migra. Nos revisa con su lámpara. La profesora no le dice nada, dando tiempo de que su pariente entre en acción.

El camión se detiene por tercera vez. Otro migra que pasa rápido buscando transmigrantes centroamericanos. Que manera tan infame de hacerle el trabajo sucio a los gringos, de ponerse en contra de los tuyos sólo porque son de más al sur.

La cuarta vez que se detiene no es un migra, sino un federal. Están pasando una película con Naomi Watts. El federal en cuanto sube me echa el ojo. Me pide mi identificación. Se la doy con un gesto y sin quitarme los audífonos ni dejar de ver la película. Entonces me comienza a interrogar y me veo obligado a interrumpir la película. Suelo ser condescendiente con los retenes, pues no creo que exigir el cumplimiento de la constitución y sus leyes secundarias tenga algún caso con la tropa, pero esta vez me sacó de onda que me interrumpiera —y que me viera sospechoso también—:

-¿Es de San Cristóbal?
-Es lo que dice ahí ¿no?
-¿Y a qué se dedica?
-¿Cómo que a qué me dedico?
-Si, ¿en qué trabaja? ¿O no hace nada?
-¿Por que me lo pregunta?
-Por saber

Le señalo un asiento vacío detrás de él, ya con la garganta atorada, temeroso de no saber llevar a buen término esa conversación. Voltea en plan alerta hacia el asiento

-¿Que pasá? ¿Por qué señala ahí?
-Pues si lo que quiere es nomás conversar, pues le invito a sentarse

No le gusta mi broma. Creo que en general no le gustan las bromas de ningún tipo. Como que se estira y yo desde abajo lo veo enorme, horrible de feo.

-¿Por qué no me quiere decir en qué trabaja? ¿Acaso tiene miedo de algo? ¿A qué le teme?

Le iba a decir que él me asustaba, con sus 120 kilos, su prepotencia y su gandalles. Pero no creí conveniente ser sincero.

-No tengo miedo, sólo no entiendo por qué quiere saber eso y me niego a responder algo a lo que no le veo caso
-Pues si se sigue negando y si quiere seguir con esto, vamos allá abajo para que le explique mejor.

Ahí si me asusté. Por un lado por lo que pudiera pasar con un tira enojado enmedio de la sierra chiapaneca y por otro por el tiempo que se pudiera perder y la cara de reproche que me haría al subir la profesora aprehensiva guapa. Así que reculo y respondo, engolando la voz tratando de que el lugar suene como algo importante.

-Trabajo en El Colegio de la Frontera Sur
-Así está mejor. ¿Y qué hace ahí? ¿Da clases?

Esa es siempre la lógica, si es un colegio, seguramente se dan clases. Su "así está mejor" saca a brote todas las mías células antiautoritarias y apelo a mis más remotos archivos. No será la fuerza ni el enfrentamiento, sino el discurso oculto, la resistencia discreta.

-No, no doy clases
-¿Entonces qué hace?
-Hago hermeneusis

El animalón se agacha, piensa que no escuchó bien y pide una repetición de la declaración.

-¿Qué?
-Hermeneusis. Soy Her-me-neu-ta

Alargo las sílabas. No mucho, apenas perceptible para mi. Subo un poco los hombros para dar a entender que no daré más explicaciones. Me solazo en mi victoria cuando el poli se retira y saluda a algún conocido que viaja algunos asientos más atrás. La guapa profesora aprehensiva me lanza un reojo repochador y cuando el federal baja comenta con sus amigas acerca de lo tenso que se veía el pobre.

Seis horas después, cuando llego a casa, sigo asustado. No creo que el señor policía se haya alterado mucho con mis ingeniosas respuestas. Seguramente James C. Scott se refería a otra cosa con eso del hidden transcript y como siempre yo habré entendido mal su rollo. O a lo mejor por viajar en Uno mi condición de subalterno pasa a hegemónico y viceversa con el trabajador de la seguridad. O a lo mejor nada, y como dice aquella vieja canción punk: "¡Pinches policías, miaremos en sus tumbas!".

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Je je... a veces eres chistoso... quién te viera...

Y que eso te haya salvado -de Dios sabe qué mala cosa- demuestra que no está de más recurrir al pequeño clown que todos llevamos dentro (aunque, al parecer, te haya sucedido sin proponértelo)

Je je... Saludos... jé

Anónimo dijo...

Como de costumbre te pasaste, cómo es que hayas ofendido a tan ilustre representante de la ley haciendo gala de tu sapiencia o de la ignorancia de él, whatever, ya te lo he dicho, no le andes rascando los huevos al tigre...

Un besito
De tú ya sabes quién

rata parda dijo...

ovaciono (qué chistoso se oye)
ovaciono a la hermeneusis de tus conexiones neuronales