11.7.08

Frontera sur en julio

Leía emocionado nuestro manifiesto de los derroteros de la cultura electroaudiovisual en Chiapas. En uno de los puntos nos pronunciábamos por la eliminación de las fronteras. En ese momento Axel me interrumpió diciendo que en realidad las fronteras no existen y comenzó a ilustrarnos sobre las últimas teorías respecto a la frontera como espacios de intercambio simbólico de gran riqueza cultural. Algo sabrá, habiendo sido el coordinador del posgrado en estudios fronterizos del Cesmeca.

Son muy emocionantes y tiernas esas teorías de la frontera como membrana, como espacio de encuentro e intercambio. Y hay miles de imágenes que lo refrendan, que lo prueban, que lo metaforizan, todo a partir de la línea, del muro, o de esas maravillosas líneas imaginarias que se trazan de mojonera en mojonera. Fue así mi primer viaje al extranjero, en la frontera México-Guatemala. Mis padres me dijeron "mira, pasando ese poste blanco ya es Guatemala" y corrí y pasé al otro lado y estuve por primera vez en otro país, un país que entonces libraba una de sus peores y más crueles guerras. Mi viaje al extranjero duró menos de un minuto, pues mis nerviosos padres me jalaron al lado mexicano, mirando hacia el bosque temerosos de que apareciera un kaibil matachapines —o ilegales como yo—.

Un paso a través de una línea imaginaria inexistente era la diferencia. Lo mismo sabían los miles de refugiados guatemaltecos que en ese mismo momento hacían o intentaban hacer lo mismo que yo: atravesar una línea imaginaria inexistente que para ellos significaba la diferencia entre muerte y vida, aún cuando la vida no fuera en las mejores condiciones posibles.

Martes y miércoles pasados estuve otra vez en Guate. Un "otra vez" que es como la cuarta ocasión desde aquella en que pasé de ilegal por la mojonera de Tsiscao. Continuación de mi periplo apifotográfico, ahora estuve con una de las más importantes cooperativas de apicultores haciendo las fotos que usarán en un manual de buenas prácticas (p. ej. no tocar nada con sus manos pues el consumidor europeo sufre de xenodermatofobia).

Los que tenemos el umbral de dolor a un nivel muy superficial suele darnos terror estar en lugares como peleas callejeras o deportes de contacto, o peor, entrar en un apiario. Por ello para mantener control sobre mi pánico, que suele ser perfectamente percibido por las abejas, me concentro previamente, me desligo de mi cuerpo sufriente y plañidero para redirigir todas las terminales sensibles únicamente a espacios no vulnerables. O sea, me clavo haciendo la foto detrás de un velo. En esas estaba cuando el aire trajo el sonido de una ráfaga de disparos, de la que no fui conciente hasta que mis acompañantes lo mencionaron al final de la sesión de fotos.

La plática alrededor del poco valor de la vida en esas tierras duro hasta pasada la comida. Hicieron un recuento de los muertos recientes, de las regiones de mareros, de las armas en sus reuniones familiares y de la organización o de los comensales del restaurante de churrasco donde comíamos que traían una pistola al cinto. Yo trataba de aparentar serenidad pero supongo que no lo logré porque de pronto uno de ellos dijo "ya no lo estén asustando, miren cómo se puso". El "como se puso" seguramente tenía que ver con una gripa y cinco días de maldormir pero no quise aclararlo.

Al anochecer en un hotel de paso, la prensa y la televisión ayudan, gracias al efecto de distanciamiento. Seguía viendo notas de asesinatos, torturas, asaltos, operativos aparatosos del gobierno para desmantelar bandas delictivas. Sólo tuve que imaginar que veía las noticias de México y me tranquilicé. No sé porque, pero al menos pude agradecerle algo al buen Bertoldo.

De regreso a mi pueblo atravesé la frontera sin que nadie me pidiera ningún documento ni me preguntara nada. Primero El Carmen, el lado guatemalteco, donde hace unos meses un chavo se acercó a unos viajantes para pedirles una moneda, y al negarse los viajantes a darle nada decidió sacar su pistola y matarlos. Mientras paso el puente pienso en cuál de las personas ahí sentadas será ese justiciero de los limosneros mientras intento disimular mi aprehensión por mis maletas llenas de equipo.

En Talisman, la frontera mexicana, veo un letrero pequeño, discreto, dirigido a los que llegan al país por vez primera: "En México la portación de armas de fuego está prohibida".

Doy un paso y nuevamente me siento seguro, protegido de tanto chapín encuetado, me entra un sentimiento patriótico, un orgullo posrevolucionario (de la del 1900) y vuelvo a tener 8 años, pasando de un lado a otro de la mojonera.

No pude ver la línea que dicen que no existe, pero supe que estaba ahí.

Foto: Cecilia Monroy. Frontera Talisman-El Carmen

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