25.11.08

Cinco sobre la crítica

1. Los críticos como verdugos o como comparsas

En general, creo que hay dos clases de crítica, la que nos gusta y la que no nos gusta.

Para los creadores, los artistas, si la crítica es halagüeña, es buena crítica, así sean los halagos más gratuitos, facilones y falaces.

Los que escriben esas críticas suelen convertirse en directores adjuntos de museos, escribir para revistas de gente bien, se casan con una bella heredera y acuden a los cocteles del poder y la farándula. Están los artistas-mercaderes que viven y trabajan para complacer al rico y poderoso, que exponen en grandes galerías y son aplaudidos con alhajas. Ellos son los bufones. Y los críticos "positivos" son la comparsa perfecta, que hablan al oído del rey, que filtran contenidos "peligrosos", que lavan pies y manos de artistas antes de que pongan un pie en la corte.

Pero "la crítica", ese gremio difuso, que se las da de experto, que atemoriza en los estrenos, en las inauguraciones, que aparece al otro día en los periódicos y la internet, que destruye trayectorias y hace fracasar inversiones, esa crítica, que no responde a los llamados de la fama, del dinero, del halago, es mucho más inasible, muchas veces más íntegra, más sensata. Por ello son castigados con el estigma, con estereotipos de maldad y rencor, con calificativos transdisiciplinarios (se sabe que los críticos de cine son directores frustrados).

Así, entre la crítica hay pintores frustrados, escritores frustrados, actores fracasados, fotógrafos mediocres, bailarines traumados, y los demás, que suelen descalificarse más básicamente: malcogidos, chaparros, feos. Los creadores se defienden así del análisis de sus obras, de piezas que no resisten disección, o de interpetaciones facciosas. Están tan atrapados soñando en la inmortalidad de su obra al mismo tiempo que en el deseo de aplauso y apapacho, que son incapaces de mirar la historicidad de la crítica.

El crítico se vuelve el malo, sobre todo si no te compara con Miguel Ángel por el sólo hecho de ser italiano, o si no te equipara a Rosario Castellanos por el solo hecho de ser mujer. Si decide exigir un poco, si dice que buscó y no encontró, si pone las cosas en su dimensión, pero habla de los demás, si te compara con otros creadores, entonces si, entonces se vuelve la peor persona. Mucho más si tu crees estar en el Olimpo rodeado de musas, y se atreven a decir que eres mal pintor, mal fotógrafo, mal músico. Eso es casi el fin.

Pero... qué felicidad invade a los artistas cuando ese malvado, esa cruel persona frustrada y rencorosa les hace una buena reseña.

El crítico verdugo se constituye así en el mejor juez. Siempre destroza, pero siempre esperamos de él/ella un reconocimiento, un guiño, una palabra amable. El crítico quedabien, el crítico "positivo" se vuelve tan solo una complacencia vana y estéril.

Puede que por eso Ratatouille haya cosechado tantos premios, entre ellos el Óscar. La academia en pleno (compuesta por productores y realizadores gringos, en todos sus niveles y oficios) voto por la venganza, es el creador contra el crítico, el creador sin talento (Lingüini) reivindicado, el autor sin reconocimiento (Remy) reivindicado, el crítico cruel y despiadado (Ego) castigado, vuelto contra si, víctima de sus propias condenas.

Ego, de Ratatouille, al final se convierte en el crítico que todos quieren para si: aquel que en una fondita repleta de ratas es capaz de decir que no hay mejor lugar que ese.


2. Escribir como deuda, publicar por necesidad, sin dinero de por medio.

Hace unos meses Juan Carlos me pidió escribir sobre su trabajo. Se trataba de dos piezas de video, videoarte. Para que las publicaran en una revista. Que no quería un tono quedabien, que quería algo más crítico, que por eso me lo pedía a mi (supongo que porque se me da eso de quedar mal y por ser tan criticón). Dije que si.

Vi los videos. No entendí nada, por supuesto, pero debía escribir, no como obligación, sino como reto. ¿Qué decir de un conjunto de imágenes que no intentan explicar, que no tratan de convencerme de nada, que sólo dicen lo que dicen? Pero al tratar de ser crítico troné. "No puedo hablar mal de mi amigo" dije, "Pero él te pidió ser crítico" me respondí. "¿Pero es necesario hacer una crítica negativa?" preguntó un tercer yo que no había intervenido.

Me gusta su trabajo aunque no lo entienda. Pero el encargo fue muy claro al decir que quería una crítica, no una adulación. Y a mi todas las críticas positivas me parecen aduladoras, no en un mal sentido, sino que me suenan a aplausos. Y yo quería aplaudir, yo quería halagar a quien fue mi maestro y mi cómplice.

Escribir por encargo, cuando es en positivo, asquea, pero a fin de cuentas, todo el que vive de sus letras lo hace cotidianamente. Pero escribir por encargo en negativo, en profundo y diseccionador, cuando quieres ser superficial, emotivo, automático... nomás no me funciona.


3. La crítica como arma

Me gusta ser criticón, no crítico, con la obra de ciertos creadores, no por que me parezcan malas, sino porque los autores nomás me caen mal. Es culpa del arte contemporáneo, donde el artista es ahora más importante que su obra. Y eso repercute.

Saber que la crítica también es usada por quien la escribe de un modo subjetivo, en busca de intereses propios, es fundamental. Clarito es el caso de Christopher Domínguez, crítico literario que sólo se ocupa de los libros de su grupito, o críticos de las artes visuales propiedad de galerías privadas, o críticos de cine peleados a muerte con una u otra escuela.

Dependerá de las habilidades como escritor para que se pueda ocultar la intencionalidad oculta. Los más "objetivos" suelen ser los más viscerales.

Naief Yehya, antes de volverse geek, quería ser crítico de cine, y lo logró, construyendo un personaje despiadado, destructor de maravillas, cuestionador de obviedades, inventor de estrellas. Para él lo importante no era el cine, su difusión y su mejora, sino inventarse un nombre, posicionarse como escritor, como crítico. Ahora publica en revistas y periódicos sin que nadie cuestione su estilo o el interés de sus textos.

Para muchos, la verborrea de Ayala Blanco lo convierte en el mejor crítico de cine en México, aunque todos sus juicios sean siempre apriorísticos, otros creen ciegamente en García Tsao, aunque sus referencias sean siempre el cine de autor gringo de los 80 y las salas de cine pulcras y silenciosas del público de Bergman.

Actualmente la crítica especializada tiene los mismos derroteros que el arte contemporáneo: se mueve a partir del mercado, juega con los intereses de grupo y se autolegitima. Los críticos y los curadores son un eslabón más del sistema de circulación, no se constituyen como herramienta de apreciación, no escriben en función del público, sino que construyen su propia arma, se dedican a convencer a creadores, vendedores y compradores de la necesidad de la crítica para existir.



4. La crítica como herramienta

La nostalgia evoca tiempos en que la crítica de arte se construía con un fin "social". Frente a la brecha construída por el arte moderno entre artistas y público, los espectadores iniciados se convertían en una especie de traductores, explicadores, nexo entre los distintos mundos. Se apelaba a la sobre-interpretación, a dotar al público de las herramientas necesarias para poder elaborar interpretaciones. No debía ser una mirada dictaminadora, ética (lo bueno y lo malo, como las críticas de cine de periódicos y revistas) sino un dador de elementos, un proveedor de semas, de referencias, un develador de homenajes y citas.

Pero esa crítica, ambiciosa en si, se perdió en su propio discurso. ¿Cómo poner en juego toda la polisemia posible de un Greenaway, de un Baçon, de John Cage o hasta de Gómez Peña? El resultado era una montaña creciente de ladrillos, mucho más crípticos y doctos que la obra en si. Siempre recuerdo las más de 500 páginas que se han escrito alrededor del cuento del dinosaurio de Monterroso.

Un crítica que pretenda suplir con su texto la ausencia de éstos en un espectador parte de dos errores: uno, pretender la propiedad de una verdad, de un conjunto de elementos sine qua non, gracias a los cual la polisemia de la obra tendrá sentido, y en segundo la negación misma de esta polisemia, la negación del otro en sí mismo.

Esto, claro, asumiendo la vieja y desgastada premisa de la universalidad el arte. Pero, si el arte contemporáneo no puede ser apreciado por quien no comparta los signos y los códigos, ¿qué caso tiene pretender versar sobre ellos?



5. La crítica como diálogo

Así, frente a una crítica descalificada de origen, al servicio de los mercaderes, sin posibilidades de construir un sentido de la obra mas que como mecanismo de exhibición (del autor y del crítico-curador) me queda una última posibilidad, un espacio de diálogo, de compartencia y construcción colectiva de sentido.

Los hay (porque los hay) artistas que siguen creyendo en su pureza, en su talento innato, ("Yo tomo fotografías, no escribo", decía Cisco para evadir un texto sobre su obra). El discurso del creador automático, que se para frente al lienzo y deja sair de si algo que desconoce, o el escultor que descubre debajo de la piedra la figura oculta o el músico que sólo improvisa o "siente", todos ellos resultaban simpáticos el siglo pasado. Hoy me suena a hueva, a una desgana extrañamente aceptada socialmente frente a la necesidad de reflexión alrededor del si mismo.

Construyo una casa, la habito, invito a gente a que la conozca. Frente a la pregunta de por qué muros de tres metros, por qué pintar de blanco, por qué la cocina junto al baño, me limito a responder "Yo sólo la construí, no sé nada de todo eso". Semejante respuesta sólo garantiza una casa mal hecha y mi propia debacle bajo su techo.

Entra en escena el crítico, que desarma, desmonta, disecciona, que se hace preguntas y aventura respuestas. El escenario ideal sería que frente a ello el autor o la autora respondieran, confirmaran, complementaran. Pero no, no hay dialogo. "O me aplaudes o me destruyes".

¿Cómo construir una crítica que no sea determinista, cuyos juicios no sean sumarios o autocráticos? ¿Cómo deberían los autores elaborar sus respuestas, sin que parezcan defensas, ataques, réplicas? Y lo más importante ¿Para qué querrían, ambos, la crítica y el arte, entrar en un diálogo, si ambos se encuentran bien, en sus nichos de confort, con una disciplina y un camino a seguir muy bien trazado? ¿A quién le sería útil?

La crítica debería de abandonar su pretención docta, su inagotable necesidad de citar, de construir teorías sustentadoras de su gusto, mientras que autores y autoras deberían de buscar, de reflexionar más alrededor del proceso creativo y de sus referentes, y así empezar un nuevo tipo de relación, una relación, un diálogo entre dos personas, dispuestas a que los escuche más gente, sin temor a no ser más que eso, personas, con un oficio.

Nada de eso va a pasar, por supuesto. En el arte contemporáneo... ¿quién quiere cambiar el mundo?

No hay comentarios.: