8.8.08

Matrimonio y mortaja (prologo a la expo por Favricio Huerta)

Muy en el fondo no hay mujer que no sueñe con casarse.
—Cualquier abuela de cualquier ciudad de Jalisco

La idea de la muerte, la de los otros y sobre todo la nuestra, es una de las primeras construcciones conceptuales de nuestra existencia que nos ha seducido por su complejidad, y a la vez nos ha permitido entrever la angustia de la nada, del vacío, del sabernos sin lo otro, de sabernos sin nosotros mismos. Imaginar un mundo sin nuestra presencia, o mejor aún, imaginar la vida de los otros sin nuestra compañía, o imaginar, al menos por un instante, a nuestro ser amado sin nosotros a su lado es una de las muchas aristas que comporta consigo el goce de la insondable muerte.

Ahí donde los otros han visto una de las caras del terror y el miedo, nosotros –declaran las piezas de Toledo– hemos visto la faz del único y más prístino goce, el de la anulación, la supresión de goces impostados, de goces que subreptician el goce de trascender el círculo de la res y el ente por un touché taóntico. Poseer es renunciar, declarar es impostar, amar es así deseo de destrucción, es pulsión devoradora, pulsión tánica, es desbordamiento de un yo franqueado por un otro que jamás logra ser más allá de nosotros; amar es consumición de nuestro ser, es perenne búsqueda del yo ideal siempre fuera de la potencia del mismo yo.

Matrinomio y Mortaja exhibe el estado de multifrenia en el que se encuentra sumido el yo amante, donde la saturación de exterioridad lo ha conducido a un estado de obnubilación, donde el tiempo y el espacio se han retraído sobre sí mismos generando un elongamiento aeternum factum que conduce a la desestructuración del yo, donde su unicidad cede ante la multiplicidad de vínculos a la vez sempiternos a la vez fugaces, donde el objeto de amor se ha difuminado, ha sido reemplazado por una serie de representaciones del amor provenientes de un desequilibrio yoico y comunitario, el orden “eros-tanatos” (ρως-θανατος) se ha trastocado, ha sido suplantado por una tendencia de apropiación sosegada del otro.

Las piezas de Toledo no se limitan a esbozar declaraciones, a decir una u otra cosa sobre el amor y la muerte, abren intersticios hermenéuticos en cada llaga del amor idealizado, son improntas que nos espetan la necesidad de problematizar en torno a lo dado, de penetrar a golpe de escalpelo los entresijos de un yo amante de lo otro y deseante de la propia muerte y de la ajena también, de un yo varado en el desolado e ingente purgatorio de las representaciones hiperrealistas del amor, del goce y desde luego de la muerte. Cada obra, o mejor dicho, cada fragmento de la obra deja al descubierto la necesidad de conservar ciertas veladuras, de deconstruir la doble díada
–seducción-goce, amor-muerte– y redimir el principio de incertidumbre. Toledo conoce la naturaleza del problema y de igual forma lo aborda, la multidimensionalidad de su obra acoge con fidelidad las muchas caras del mismo objeto, sin cosificar narra y describe y danza en torno al amor y la muerte. Fotografía, vídeo, instalación, intervención, escritura, audio y performance son sólo siete de las muchas sentencias que domina este, nuestro séptimo ángel.

Cada fragmento se despoja de la vacua pretensión de erigirse por sí misma como una oda a la belleza artística, son en conjunto un diálogo, a primera vista, abigarrado, sórdido, que transgrede y viola la soñolienta concepción del arte en esta parte del mundo, en su intención se inscriben al pari de Pascal, se abstienen de calificar, de hacer denuesto de cualquier manifestación o concepción del amor, incluso se rehusan a afirmar o negar su existencia, bocetan la paradoja del amor, la imposibilidad de crearse a sí mismo sin destruir al otro. Cabe decir al margen que Matrimonio y Mortaja es la obra de un sujeto que da todo por el amor, es decir, que a la menor oportunidad se destruirá a sí mismo en la preservación del otro.

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