6.10.08

2 de octubre


Desperté con la sensación de que tenía que recordar algo.

Llegando tarde a la chamba a chambear, chambón. Corre a la videoconferencia que llevas años tratando de que suceda. Escucha distraído lo que otr@s dicen, habla casi al final, enójate porque no te pelan, sal de la sala en uno de tus mejores —y más inocuos— berrinches. Corre a montar el equipo para la proyección: Carlos Mendoza y sus claves de la masacre. Recuerda.

Hace doce años estaba ahí, chambeando para el canal 6 de julio, haciendo su web (en una mac, claro). Me largué un día, ofendido, ofuscado, no me dejaban hacer cámara, pero aprobaron todos mis proyectos editoriales, y me los quitaron. No me iban a pagar nada, chamba por la causa, pero pasaron cinco años cobrándome un par de videos que tomé prestados y no devolví.

Termina la proyección. Nadie dice nada. Hola, adios. Más reuniones, más proyectos, blogs para todos, bloggear la investigación científica de la frontera sur. Volver a la oficina oscura. "Ya no hay presupuesto, si quieres, te podemos poner un foco incandescente de 60 watts". Persigo mi lista de pendientes. Una página aquí, corregir el documento x, hacer las portadas del video de Tracoma, imprime las etiquetas del video de orquideas, selecciona las fotos, escribe una nota para el portal, manda información sobre los compañeros de trabajo de Villahermosa, escóndete de los acreedores de pendientes... Lee, porque sólo eso puedes hacer, las últimas novedades de las malas noticias de un viejo amigo.

Corre a la escuela de tu hijo. Nunca más llegar tarde por él, nunca más. Antier fueron veinte minutos, pero sabes, porque la memoria te lo recuerda, que fueron más y que la sensación nunca se olvida. ¿Era eso lo que tenía que recordar?

Tal vez comprar algo. Pagar alguna deuda. Felicitar a alguien por su cumpleaños. Mirar atrás por el espejo retrovisor, que viéndolo mejor, es mirar al frente para ver atrás. Curioso personaje puebla mis espejos: cabello largo, manejando una camioneta, un hijo, ¡Un hijo!, el pequeño sol, saludar a los vecinos, revisar la correspondencia que sólo trae las cuentas de las tarjetas de crédito, alimentar a una tortuga... ¿en qué momento me vino a habitar el otro?

Vamos a la marcha, para recordar. ¿Recordar qué? me pregunta Atreyu. Y le hablo de los estudantes rebeldes, de los granaderos violentos, del ejército asesino, de las balas que cruzaban de allá para acá. Me mira sorprendido. "¿Pero eso no va a pasar hoy, verdad?" Explicarle que es sólo una marcha con su mitin, que se trata de nomás acordarse, recordarle a todo el mundo lo que pasó para con eso intentar evitar que se repita, porque no queremos que nada de eso se repita. Y aparecen los del Frente, los del Nucleo, los de... uf, más mantas que contingentes. y cada una de estas siglas dirá mañana (o ya dijeron) que ellos hicieron esta marcha, que ellos solitos llenaron este 20% de la plaza catedral. La organización compañeros.

Así como llegamos nos vamos. Luego de 20 minutos esperando. El presentador lee la lista de oradores: la compañeras mujeres (¿es una organización?), los compañeros de Rockultura, los compañeros del FNLS. Pero ninguno de ellos se anima a empezar. Una obra de teatro. Se cancela la obra de teatro porque se acordó con el municipio no pintar, y la obra incluia una pinta. El presentador nos advierte de no caer en provocaciones, señala a la policía y a los cuatro vigías que nos avisarán por si hay que correr. Pavel intenta hablar. Nosotros, aburridos, nos vamos.

Vamos con Katherine, que me invitó a ver el debate de los vicepresidentes gringos en el lugar donde se reune la colonia estadounidense de San Cristóbal. Nadie lo sabe, pero debajo de mi sudadera traigo una playera de Obama. Bueno, lo sabe Katherine, que me la regaló, y María, que reprobó mi actitud de esconderla durante la marcha y pretender luego mostrarla en el debate. Una cuadra después el mundo cambia. Corren los whiskeys, los bocadillos, las copas de vino. Palin ladra. Tardo en conectarme, todo es en inglés, la tele, las conversaciones, los aplausos. Me gusta mucho esto de combatir mis prejuicios con terapias de choque. Como siempre, cuando ambos candidatos empiezan a repartir certificados de buena conducta, me encabrono. Pero más me divierto. Me había reservado un lugar justo debajo de la pantalla de plasma, desde donde puedo ver y oir el debate, pero sobre todo ver y oir a los presentes, adivinar quién le va a quién, descubrir quién viene nada más porque tiene que hacerlo, a quién de plano no le interesa. "Vengo de la marcha" "¿Qué marcha?"

Noé me avisa que el video de Mundos Inéditos pasó a la final. "Ya sólo quedan cinco". Manda fotos de Yolanda, Mariana y Manuel en el DF. Me pongo feliz. Lo anuncio a los cuatro vientos aunque nadie me escuche. Más tarde veo en las noticias a Luis, corriendo delante de un grupo de granaderos. Lo encuentro en el chat y me platica de sus aventuras en el DF, de cómo hizo muchas fotos, de cómo los anarcos le ganaron 35 a 2 a la policía, del petardo que le explotó en la cara, de cómo su cámara lo salvó de quedarse ciego.

¿Desde hace cuánto hacemos esto? Revisé el periódico en la mañana para encontrar la más reciente frustración de González de Alba, el llamado a esclarecer los hechos de la editorial de La Jornada, Pedro Meyer sacando sus fotos del archivo. En algún lugar, Marcelino debe estar invitando a recordar cuando las marchas si eran de fiesta, y muchos, muchos otros, encerrados en casa, tratando de olvidar, 40 años haciendo lo mismo.

Cerraste la puerta con candado. Olvidas algo, pero no logras recordar qué. La memoria se inunda, escuchas la gotera, rítmica, permanente. ¿Sigues aquí?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esta es una perla mas de tu blog. Felicidades mi estimado hombre saturado.
Abraham