19.2.09

El mundo desde mi auto

Me había negado a conducir toda mi vida. Demasiados autos, demasiado tráfico, demasiado petroleo, demasiado estres, además de la —no para tod@s— imposibilidad de combinar fiesta y volante. Y claro, el detalle de que nunca tuve para comprarme un coche, ni siquiera para mantenerlo. Y el otro detalle de haber reprobado en cinco intentos la escuela de manejo.

La circunstancias y su ineluctabilidad me subieron a una camioneta prestada y de fácil maniobra. Todo un reto que aún no supero: manejo sin licencia, sin una direccional, no sé dónde se pone el aceite, el agua o cuánto aire va en cada llanta. Ni me emociono, porque en seis meses la tendré que devolver y seré de nuevo el peatón que solía ser.

Foto tomada por la dueña del auto

Lo que me tiene sorprendido es como ha cambiado el mundo desde que manejo.

Al principio pensé que era una cuestión de perspectiva. Todo se ve desde otro ángulo, desde más arriba, más rápido, más lejos. Pero no era sólo eso.

No era yo quien veía las cosas diferentes, era el resto del mundo que cambiaba. El policía que vigila la entrada a mi trabajo ya no me pide identificación para entrar o salir, mucho menos me obliga a abrir mi mochila, ahora me sonrie y saluda amablemente, ya no nos tememos ni sospechamos uno del otro, ahora él trabaja para mi y corre a levantar la pluma en cuanto me ve. Los compañeros de chamba que ganan más que yo pero trabajan menos, que no se habían enterado que laborábamos en el mismo lugar y para el mismo patrón, ahora me saludan desde su auto (de auto a auto).

Es el poder, dije entonces, el estatus, las prerrogativas que otorgan los objetos suntuarios, el don manifestado en un medio de transporte particular que además gasta mucha gasolina.

Ese poder que transforma me transformó. Ahora en cuanto cierro la portezuela cambio el gesto, insulto a los lentos de enfrente, despotrico contra ciclistas y peatones, acelero cuando me rebasan, descalifico a las mujeres que se estacionan con dificultad (yo ni siquiera me sé estacionar de ningún modo, pero no importa). Soy poderoso, aunque al bajar vuelva a ser el mismo tunante viandante y errante. Un poder que se ejerce con marchas, flechas y revoluciones bien medidas.

Porque no es nada más que los automovilistas se sientan superiores sólo por estar más grandes y más fuertes (los que les da el derecho de pasar primero en las esquinas, de gritar a muchos decibeles con su claxon y de salpicar a los peatones sin consecuencias), es que se vive en otro mundo. Ahora ya no sé lo que pasa por la calle, ya no puedo escuchar la conversación de las doñitas en el colectivo, ya no platico con el taxista, ya no sé si afuera hace frío o calor. Es un mundo de aire acondicionado, de seguros y freeway.

Y pensé en esos compañeros de antaño, que fueron cambiando de rumbo y convicción al mismo ritmo que cambiaban de auto. "Yo sigo siendo el mismo" me decían, "es el mundo el que cambió y tú no te has dado cuenta". Y yo, desde mi dedo flamígero que denunciaba la traición a los principios e ideales, era incapaz de comprenderlo.

A partir de esto se pueden entender muchas cosas. Por ejemplo, ya no creo que Ciro Gómez Leyva se haya vuelto imbécil de repente, sino que ahora pienso en el tamaño del coche que le regaló Moreno Valle, ya no creo que López Dóriga sea un falaz adulador que ensaliva las botas del poder ni que Adela Micha tenga un desprecio profundo hacia los de a pie y oscuras cabelleras, ahora cada vez que los escucho decir barrabasadas, sólo recuerdo que ellos miran el mundo desde otro ángulo.

Da click en la imagen para ver más detalles de los yates de Joaquín y Adela



También entendí que mientras más pronto me baje del auto, mejor.

1 comentario:

El Club de la Serpiente dijo...

muy bueno, Leo. Así es, y si cambias de auto el mundo vuelve a cambiar. Habría que probar una moto.