30.7.09

Irregular


Irregular es lo que se desvía de la norma; lo que se cuestiona, se señala, se desecha.
Algo que no se acepta tan fácilmente.
Aquello que por su condición adquiere un valor distinto, casi siempre menor.
Ingrid Hernández

Mucho se puede jugar con las significaciones de la palabra irregular. Partimos de la regula, la regla.

En la escuela de mi hijo tienen una materia que se llama “filosofía para niños”. En una reunión que tuvimos hace poco la maestra dijo que una de las primeras cosas que les enseñaba era la estética. “Les he enseñado que la estética es el estudio de lo bello y aprenden a distinguir lo que es bonito de lo que es feo”.

Es apenas su primer año. Le falta aprender mucho de esa distinción entre lo bonito y lo feo, que se lo seguirán enseñando en la escuela, en los medios, en la literatura, su padre y su madre, sus amigos, sus paseos. No hay modo de sustraerse a ello, no hay transubstanciación, de ninguna manera cuando acuda motu propio a alguna exposición o compre un libro con su primer sueldo podrá acercarse a cualquier manifestación estética honrando a Kant y sus seguidores en una contemplación desinteresada y pura. Contemplará desde donde es, desde donde le han enseñado, buscando afirmar esa diferencia, esa distinción que le enseñaron desde primero de primaria: lo que me gusta es bonito, lo que no me gusta, es feo.

El inventor del capitalismo cultural, Pierre Bourdieu, en la introducción del libro “La distinción” lo decía, menos claro pero más legítimo: “el arte y el consumo cultural están predispuestos, consciente y deliberadamente, o no, para cumplir una función social de legitimación de las diferencias sociales”. Para él, toda esta afirmación de lo bajo, de lo vulgar, de lo kitsch, de lo naco, de lo sucio y feo, o su contrario, la alabanza frente a lo bello, lo logrado, lo fino, en fin, todo lo que a los ojos de la maestra de filosofía para niños es lo “estético” es una forma de afirmación de la superioridad.

La mirada detrás del objetivo determina lo que nosotros, el público, podrá mirar de determinado lugar, momento, persona o emoción. A partir de ahí sucede nuestro einfuhlung, nuestro momento de sensación verdadera, que se estructura no a partir de un encuentro sagrado entre la obra y la mirada, sino desde un proceso de decodificación socialmente establecido a partir de código culturales compartidos.

A lo que vamos: aquellos que se enfrentan a la fotografía de Ingrid Hernández, específicamente la serie que se publica en el libro “Irregular”, transfieren todos estos criterios desde diferentes espacios de consumo: lo que podemos saber de arquitectura, del medioevo a Gaudí o Frank Lloyd Wright, del bajareque al tabique y tabicón, lo que podemos saber de fotografía y plástica bidimensional, composición, instante decisivo, oportunidad y narrativa, hasta lo que podemos saber de normas editoriales, calidad de impresión, tintas, hojas en banco…

Lo que me gusta de sus fotos es que no veo esa pretensión de la fotografía del siglo XX de exaltar la pobreza, de rescatar dentro de la miseria aquello que nos puede resultar agradable a la vista. La apuesta narrativa se integra a su entorno, se presenta desnuda, apresurada, sin decorado ulterior ni búsqueda del goce transterreno. Se presenta desnuda, cruda, sin sal ni pimienta. No son fotografías "bonitas".

No hay figura humana, no hay rostros, no hay cuerpos. La deshumanización del arte de la que hablaba Ortega y Gasset tendría aquí un ejemplo al dedillo. Sin embargo las personas están ahí, las historias detrás de los palets, la mochila del niño, la muñeca de la niña, los diablitos… no hacen falta los rostros porque en su ausencia reconocemos y reconstruimos historias.

De la ciudad perdida al asentamiento irregular queda lingüísticamente claro lo que visualmente es evidente: son territorios externos y ajenos, fuera de la norma, fuera de la ley, fuera del tiempo y fuera de las fronteras, pues resulta difícil notar el brinco entre Tijuana y Bogotá, por no decir imposible.

La transgresión de la regula no es sólo en cuanto a la propiedad del terreno, sino sobre todo en cuanto al uso y apropiación de la materia, y esta transformación continua la narrativa y la interpretación, abre posibilidades de lectura que le da sentido a la obra fotográfica. Colchones que se convierten en trinchera patriótica, palets que se vuelven muros y llantas que se tornan escaleras, asientos de microbús que constituyen salas.

No quiero caer en el asombro pequebu, en la sorpresa del ajeno frente a la solución necesaria. La primer foto de Ingrid que me lo advirtió: un periódico la publicó para promover el libro, hace algunas semanas. Una escalera de llantas integradas a un muro cavernoso nos conducen a una barricada de diferentes elementos maderísticos, puerta de closet, tabla de cimbra, caja de embalar, plataforma de carga… todos juntos conforman la entrada a una casa (así se llama la foto). Y en ellas hay escrito un letrero: “propiedad privada, no pase”. Una cadena y un candado reafirman lo escrito a pesar de encontrarse junto a un enorme hueco.

“Qué chistoso” me dijo alguien que pasaba. Seguramente lo mismo que pensó el editor del periódico para elegir esa foto para la nota. Qué exótico, qué loco. Resulta difícil concebir la noción de casa fuera de nuestros criterios. Pero la propiedad privada aún en asentamientos irregulares sigue siendo privada. El valor de los objetos, así sean reproducciones chinas o peltres cochambrosos sigue siendo el mismo, cargado de sentido y de pertenencia. Recordé lo que otra persona me dijo cuando en alguna inundación de por acá comentábamos una nota que reseñaba cómo habitantes de colonias igual de irregulares se negaban a abandonar sus casas por miedo a que les fueran a robar “Qué pueden tener de valor ahí” dijo, “mejor que salve su vida”. Eso estaba haciendo, pero no lo podíamos entender.

Probablemente a muchos nos resulte difícil reconocer, aceptar que detrás de ese muro construido con cajas de cartón duerme una persona, y entraremos al universo que presenta Ingrid en Irregular como ajenos, como turistas que gracias a ella podemos pasear por un lugar donde jamás caminaríamos por gusto ni curiosidad. Y le agradeceremos sus mirada, su arrojo, el valor demostrado por adentrarse en ese mundo ignoto. Después de eso nos detendremos en cada una de las fotos y haremos comentarios sobre composición, marca de cámara, tipo de impresión, encuadre, o podríamos señalar que la foto de las sillas rojas parece, o que la del refrigerador se sale, o la distancia epistémico entre el tapiz de la yegua y la foto frutal. Y con ello lograremos establecer la distinción entre la vida irregular y el caos de nuestros rincones y nuestras reproducciones de Picasso. Y así, una vez más, estaremos a salvo.

No hay comentarios.: