Vicente Kramsky, homenaje permanente (en voz baja)
De fotógrafos y fotógrafas que conozco, siempre dije que Vicente Kramsky era el único cuyas imágenes estaban en todo el mundo. Todo el mundo. Afirmación temeraria, difícil de probar, cuestionable. Sus fotos de Chiapas, donde atrapaba momentos de ese Chiapas que ya casi no existe, un lugar, como dicen, mágico y suspendido en el tiempo. Esas fotos convertidas en postales, que durante años mucha gente mandó por correo, con esa antigua costumbre de escribir a mano, pegar un timbre con saliva y arrojarlas a un buzón.
A un lado del ataúd, adornado con flores y un retrato del maestro Kramsky en SUS grutas (las de Rancho Nuevo), me encuentro y platico con su viuda, doña Panchita. Ella no me conoce, pero el fotógrafo Fabián Ontiberos se encarga de ponerla al tanto: “Él también es fotógrafo, y organizó un homenaje a Don Vicente allá por 2005”. No digo nada, sólo la escucho. Habla precisamente de un lugar lejano al que viajaron ella y su marido, y que en una casa desconocida de una familia desconocida, encontraron una postal de Chiapas, de las suyas, de fotoKramsky.
No será la suya una historia de premios, de retrospectivas en los palacios de la fotografía mexicana. No aparece en libros que suponen tener toda la fotografía mexicana, ni en los que suponen tener todo el arte chiapaneco. No fue llamado al Olimpo ni su nombre quedará en letras de oro de ningún edificio público. No era lo suyo, no le gustaba la farándula, ni andar vendiéndose como se deben vender los llamados a ser las estrellas de la foto. No era humildad lo suyo, porque sabía que sabía de lo que sabía. Era hacer su trabajo. Era fotógrafo y hacía y vendía fotos.
El colectivo Fotógrafos Independientes de San Cristóbal de Las Casas organizó un homenaje al maestro Vicente Kramsky en el 2005, en reconocimiento a su amplia trayectoria. Saber quién les había precedido era muy importante para poder plantearse nuevos retos, no repetir historia, sino reconocerla. Fui a buscarlo, a pesar de que todos decían que mejor no, que sería difícil, que esas cosas no le gustaban, que no aceptaría. Así que todo fue poco a poco, con la paciencia y el respeto que la ocasión requería. Nunca supe que fue, qué dije, pero al final, aceptó, para sorpresa de cercanos y lejanos. Sin duda otros, que querían hacer lo mismo, habrían tenido acceso a más recursos, más publicidad, más espectáculo. Nosotros ofrecimos todo lo que teníamos y eso fue lo que dimos, sin reparos.
Eran las 8 de la mañana del 29 de junio cuando recibí la llamada: “Hoy, a las 6, falleció Don Vicente Kramsky”. No supe qué decir. Sigo sin saber qué decir. Fueron muchas las horas que hablé con él, fueron muchas las horas que hablé sobre él, fueron muchas las cuartillas que escribí. En su última exposición, en un restaurante del centro de San Cristóbal, me acerqué a felicitarlo, pero no supe que más decir. Por ese lado creo que fue una suerte que no me reconociera. También la noche del 29, en el velorio, no sabía qué decirle a la viuda, a las hijas, a los yernos. Pero quería, esperaba que mucho se dijera. Sabía que la autoridad no haría nada (y qué bueno) pero anhelaba un gran despliegue, muchas personas acudiendo a despedirlo, principalmente fotógrafos y fotógrafas. Todavía espero y todavía no sé muy bien qué decir. Y la valla de fotógrafos y fotógrafas despidiéndolo se quedó en mi imaginación.
En alguna de nuestras conversaciones me preguntó por la película de Walter Carvalho, La ventana del alma. Un documental sobre cómo diferentes personas afrontaban el asunto de la discapacidad visual. José Saramago, Agnes Varda, Wim Wenders, Oliver Sacks y otros son entrevistados, hablan de todo aquello que es posible mirar sin los ojos. Y mientras le platicaba eso, iba dimensionando lo difícil que era para alguien que ha dedicado su vida a mirar, irse quedando sin su herramienta vital. Luego de platicarle la película, me hizo una descripción de su viacrucis visual, sin asomo de queja, con mucha naturalidad. Entendí mucho y admiré más.
Recuerdo cosas del homenaje, las cosas que se dijeron, las que no. Los personajes ausentes y los presentes. Fue memorable la inauguración de su exposición, la recorrimos, y en cada foto se detenía, la platicaba, sin explicarla, sólo platicándola. Y alrededor, todos y todas escuchábamos con atención, nos sorprendíamos, comprendíamos, descubríamos. Otro día Justus Fenner dio una plática sobre historia de la fotografía en Chiapas, que casi toda estuvo dedicada a Kramsky (no hay mejor experto en el trabajo de Don Vicente que Justus, sin duda). Otro día, en una mesa sobre fotoperiodismo, uno de los ponentes, Rene Araujo, se ponía de pie cada vez que él o alguien más pronunciaba el nombre de Vicente Kramsky (una costumbre que deberían adoptar todos los fotógrafos de Chiapas, sin duda).
Me costaba seguirle cuando platicaba de su equipo fotográfico. Hablaba de marcas de cámaras que nunca había escuchado antes, las describía con lujo de detalle, como si las estuviera viendo. Había una en particular, una Mamiya, a la cual parecía guardarle especial aprecio. Y recordaba muy bien cuáles fotos había tomado con cuál, y qué cámaras tenía el año de la inundación o cuando le tomó aquella foto a Samuel Ruiz, en Nachig, cuando el obispo viajaba por primera vez a San Cristóbal. Se notaba su orgullo al hablar de las fotografías de San Cristóbal, pero no de las de los edificios y los paisajes, sino las de los detalles: “me gusta redescubrir eso que ya nadie nota pero que está a la vista de todo el mundo”, decía.
Mientras preparábamos el homenaje mucho nos dijeron. El comentario más frecuente era el de “¿Cómo le hicieron?”, y siempre respondíamos lo mismo: fuimos, le hicimos la propuesta y aceptó. Otros, los menos, decían cosas como “¿para qué un homenaje?” o “¿y ese quién es?”, y nos daba mucho gusto y nos animaba cuando alguien decía “Vaya, ya era hora de que alguien reconociera su trabajo”. Y la exposición, que si, nos dio trabajo. La decisión de hacer las marialuisas en un material raro fue complicada, cartón corrugado no suele ser un marco común; se lo propusimos, con mucha cautela, listos para recular y decir “no, por supuesto que no, qué pésima idea”... pero le gustó, la apoyó, incluso frente a algunos que se animaron a criticar semejante herejía. La exposición de Vicente Kramsky también logró que el Café Museo Café (de aquellos tiempos) aceptara quitar sus grabados de la historia de la cafeticultura para dar paso a las fotografías de Don Vicente, cosa que nunca había pasado antes. Lo hacíamos con gusto y tal vez eso nos permitía convencer a todo el mundo de lo que queríamos. Muchas cosas pudieron salir mejor, pero al día de hoy, todos los asistentes al homenaje lo recuerdan con gusto.
Nunca pude ver sus diaporamas. Audiovisuales repletos de magia, proyecciones de diapositivas musicalizadas que proyectaba en cuanto espacio le fuera posible. Lo mejor era cuando lo hacía al interior de la grutas. Nunca las vi, pero lo que él me contó, lo que otros me contaron, me hace saber y lamentar no haberlo hecho. Así como me habría gustado ver alguno de esos carteles que pintaba a mano para anunciar las funciones del cine, en años muy lejanos ya. Así como me habría gustado verlo fotografiar la ciudad cubierta de ceniza del volcán Chichonal, o cubierta de agua en aquel año de la inundación. Y habría sufrido de haberlo visto en aquella ocasión en que agarró sus negativos y poco a poco los fue arrojando a la chimenea.
Habría que saber qué decir. Habría que escribir algo más que espuma y paja. Habría que mirar sus fotos y escucharlas. Pero no, ya vendrán los expertos en lisonjas, los escritores de alabanzas y zalamerías que harán su trabajo y se ganarán el aplauso para el que fueron creados. Yo me conformo con darle continuidad a aquel homenaje, ponerme de pie, hablar desde aquí, sin adulaciones ni complacencias gratuitas, y luego salir a seguir recorriendo esta nuestra ciudad, en voz baja.
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Texto escrito para el portal chiapas.com a solicitud de la Sofía, su editora. Lo reproduzco sin su autorización.
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