25.4.12

Frecuencia Libre, diez años al aire

Texto escrito con motivo del 10 aniversario de la Frecuencia Libre, 99.1 FM, en el marco del foro "Haciendo radio, otras voces, otros oídos". Abril de 2012



Hace diez años

Durante mucho tiempo el radioescucha en San Cristóbal de Las Casas sólo tenía de dos sopas: una estación pública, XERA, que se movía al vaivén de los intereses políticos locales, y una estación privada, XEWM, que siempre se cuidó de ofrecer una visión sesgada de la realidad, una visión blanca, colonialista y parcial. Estas características les venían de origen por lo que poco podían hacer las buenas intenciones de operadores, locutores, reporteros y productores para cambiarlo. Y mientras que una cambiaba por completo cada seis años, incapaz de responder a un proyecto de largo plazo, la otra permanecía, permanece inamovible, con los mismos programas, formatos y música que cuando nació hace más de 40 años.

Las transformaciones que experimentó el valle de Jovel en la década de los 90 modificaron la demografía, con su consecuente desequilibrio político, por lo que el priismo posrevolucionario y el conservadurismo coleto dejaron de ser las únicas opciones, por ello mismo las dos estaciones de radio que representaban esta dicotomía, ahora invisibilizaban a dos terceras partes de la población, que ya no se sentían representadas, que no se reconocían en los altavoces de sus radios. Así, un grupo de personas decidieron hacer frente a este silencio en la primavera de 2002, creando la Frecuencia Libre, en el 99.1 de la banda de FM

Foto de Leonardo Toledo

Y la banda se liberó...

La nueva estación de radio trajo consigo muchas lecciones, desde estrategias de resistencia y negociación frente a un aparato gubernamental que pretendía una aplicación rigorista de la legislación, una XEWM que en primera instancia la vio como una amenaza a sus negocios, y sobre todo, un grupo de personas que debieron aprender a trabajar en colectivo, sin patrones, sin dirigentes, sin financiadoras (aunque permanece en la tarea de constituir a las y los radioescuchas como su máxima instancia de decisión); trabajar en colectivo suena chido, pero cuando ese colectivo está conformado por individualidades construidas en la urbanidad, con modos y maneras de la vida en la ciudad (y si, San Cristóbal es una ciudad) en donde las ideas del acuerdo, la compartencia y la convivialidad suelen ser dejadas de lado en beneficio de proyectos políticos, enemigos identificados y luchas de poder. Por todo eso ha debido pasar la 99.1

Pero la Frecuencia Libre también vino a renovar las voces y los oídos del dial sancristobalense, junto con las nuevas voces también aparecieron nuevos formatos, estrategias diferentes de participación y mucha mayor claridad en aquello de "hacer radio por gusto". Y todo ello tuvo repercusiones en la sociedad, en nuestra localsociedad, que no solo reclama la renovación del resto de las estaciones, sino que replicó la experiencia de hacer su propia radio una, dos, muchas veces, hasta tener ahora, diez años después, un panorama radicalmente distinto al que se tenía hace diez años, en el que las estaciones de radio en el valle de Jovel crecieron más del 2000%


Foto de Leonardo Toledo

Construir comunidad

En estos diez años la Frecuencia Libre ha pasado por diferentes etapas, cada una necesaria y seguramente común a todas las radios libres con estas características. Un punto de partida que exclamaba inmodestamente a "todas las voces aquí" (que suele convertirse en un luiscatorcenismo tipo "yo soy todas las voces" o bien, aplicado al caso, "yo represento al 99.1% de las voces), pero cuya apuesta a la diversidad permitió la experimentación sonora, la multiplicación de contenidos y en ocasiones, verdaderas aventuras radiofónicas. Pero sabemos que el caos tiende lamentablemente al orden. La persecución de que fue objeto la radio en esos primeros años estiró la liga que unía al primer grupo, hasta que reventó precisamente por su lado más fuerte: la diversidad. En busca de construcción de base social como estrategia de resistencia, se fueron estableciendo normas de conducta frente al micrófono (y fuera de él) que de cierto modo resultaron una camisa de fuerza para muchas y muchos de los radialistas, el respaldo social hubo de pagarse con decantación del equipo, pero permitió la sobrevivencia de la radio.

Una vez superados los primeros obstáculos y en cuanto el acoso gubernamental disminuyó, se dio paso a la "institucionalización" de la Frecuencia Libre, la instauración de un reglamento, así como de reglas claras de ingreso y permanencia apoyadas por mecanismos y procedimientos consensuados, que permitieron a las y los participantes tener claridad respecto a su posición, límites y posibilidades en el ejercicio de su ciudadanía radiofónica. Esta institucionalización permitió, al menos por un tiempo, conjurar las luchas de poder y ofrecer opciones de acuerdo ante las diferencias de posturas políticas y mediáticas.

La normatividad, sin embargo, permitió (de un modo bastante subjetivo aunque efectivo) que aquellas instancias familiarizadas con sus vericuetos tuvieran más posibilidades de participar, con lo que se dio paso a la "oenegenizacion" de la Frecuencia Libre, múltiples organizaciones con sede en San Cristóbal tuvieron sus propios programas desde donde pudieron plantear sus posturas, hacer trabajo educativo y de formación, así como lanzar arengas y campañas con fines específicos. A pesar de que todas las organizaciones que participan en la Frecuencia Libre parten de un piso común, su propia constitución y dependencia de exoestructuras vinculantes pero desvinculadas ha ido sembrando un panorama de pequeñas ínsulas, limitando la construcción colectiva de la radio.

En la actualidad, una cadena de eventos (afortunados unos, desafortunados otros) ha transformado la composición del equipo, y, si el estado de los micrófonos y sus cables puede ser tomado como un termómetro del estado de salud de la radio, se puede decir que ésta atraviesa por una grave crisis (con el atenuante de que algunos testigos podrían afirmar que los micrófonos siempre han estado en las mismas condiciones). De lo que no hay duda es que atravesamos por un momento en que se deben tomar decisiones y que estas decisiones definirán (una vez más) el futuro de esta estación.

Todo parece indicar —como lo afirmaron varias voces del colectivo en la transmisión especial del 23 de marzo— que nuevamente se apelará a la participación de la comunidad, se abrirán espacios (que por cierto nunca estuvieron cerrados) a nuevas y diferentes expresiones, lo cual implicará inventar nuevos mecanismos de inclusión, que no impliquen desechar o ignorar el trabajo previo, sino al contrario, revalorarlo, reevaluarlo y retomarlo junto con las y los integrantes de la radio que vienen caminando desde años atrás, pero sobre todo, esto deberán hacerlo también, las y los nuevos y desconocidos participantes, así como las audiencias, más aun éstas últimas...

 Foto tomada del muro de Isaín Mandujano

Diez años después

El cuadrante se ha modificado drásticamente, las personas que integran el colectivo han cambiado, incluso la realidad que le circunda se ha transformado. Esa terca realidad que insiste en no coincidir con las recetas, los manifiestos y ni siquiera con las estadísticas. Cuando al fin parecía que la Frecuencia Libre se convertía en la portavoz de la sociedad, la sociedad cambiaba. Hay una misión que esta estación ha cumplido a cabalidad: ser un espacio otro, un foro de denuncia, un altavoz para escuchar los silencios, un espacio de rebeldía y memoria. Sigue y seguirá siendo transgresora.

Los diez años que se cumplen pueden ser una oportunidad no solo para evaluar las misiones cumplidas, sino para ver hacia adelante sin dejar de mirar atrás, diagnosticar la gravedad de la crisis, que no es sólo de la radio, también lo es del movimiento social que esta estación espejea en cierta forma. La diáspora permanente de esta ciudad, de ida y vuelta, territorial y dimensional, sumada a las formas particulares que tiene el tiempo de manifestarse en estos rumbos, obligan a revisar la ruta de manera permanente. La 99.1 ha sido un espacio para la expresión de muchas expresiones, grupos, fracciones y facciones, pero es necesario también que se conciba como un proyecto en sí mismo, más allá de un medio para otros fines. Construir radio ciudadana es más que cumplir horarios y pagar cuotas, es tender puentes, remendar el tejido, hablar la memoria, cantar las voces y rimar los ritmos.

Exigirle a la radio ciudadana lo mismo que deberíamos exigirle a todas las radios, a todos los medios. El aire en el que transmites es un bien común, el uso responsable de ese bien común pasa definitivamente por someterte a la evaluación de esa comunidad. Las empresas, las personas, los grupos o las organizaciones pueden hacer uso de los bienes comunes, pueden cultivarlos y preservarlos, pero no pueden apropiárselos, no deben, no deberían de poder.

Pensarse de nuevo frente a un dial saturado, mirarse en el espejo para identificar la sociedad que habla por tu voz, y la música, que a veces toma su propio camino sin importarle discursos, discusiones o listas de reproducción. Para todo eso puede servir el foro "Haciendo radio: otras voces, otros oídos", para que desde la mirada, la voz y los oídos de compañeras y compañeros podamos ir respondiendo preguntas como ¿De quién es esta radio? ¿A quién le habla? ¿Quién habla desde esa radio? ¿Quién la escucha?, pero también que se pongan sobre la mesa preguntas como ¿Para qué hacemos radio? ¿A dónde va? ¿Por qué seguir haciendo radio?, y otras, más mundanas del tipo ¿Cómo le hacemos para sostener la radio? ¿Debemos transformar la legislación, adaptarnos a ella o caminar —como hasta ahora— por el libre ejercicio del derecho a la libertad de expresión? o bien, ante la necia realidad que nos embiste sin maquillaje alguno... ¿Qué clase de radio estaríamos haciendo si la revolución ya hubiera triunfado? ¿La 99.1 contribuye —y en dado caso, qué tanto— al acceso a la libertad de expresión? ¿Contribuye al derecho de la audiencia a escuchar más voces, de ver más miradas y reflexiones, diferentes a las que el aparato gubernamental y los poderes fácticos nos imponen?

Ojalá que invitadas e invitados a este foro nos ayuden a imaginar ese mundo nuevo que, de cierto modo, ya estamos habitando.

11.2.11

Astral, cine chiapaneco de luz


facile inventis addere

Dice Enrique Olvera que él hace cine de luz. Todo el cine es de luz, digo yo. Pero él está pensando en iluminación espiritual, yo estoy pensando en nitratos de plata que reaccionan a la luz (que es la base química del cine). O bien, mientras que unos piensan que los seres de luz son aquellos en comunión con el todo, otros pensamos en los electricistas del SME.

Así, estoy aquí, un materialista irredento, presentando una película con base metafísica.

Foto robada de la Miniguía

Desde su origen el cine ha estado atravesado por la idea del negocio. La gente que hace cine no se parece a esos artistas románticos que no tenían para comer, sino que en su gran mayoría son hombres y mujeres de negocios que saben que sólo con dinero, con mucho dinero, podrán alcanzar el éxtasis creativo. Eso no es nada espiritual.

En ese mundo donde todo cuesta, no sólo los errores se pagan caro, sino también los aciertos, las grandes ideas mientras más costosas, se ven mejor. En ese mundo aventurarse a crear una película de autor, que además tiene una trama que densea entre lo espiritual y lo sobrenatural es un gran riesgo que siempre se debe aplaudir.

Supra naturalis se decía en la antigüedad a todo aquello que quedaba fuera de nuestra comprensión, fuera de la naturaleza y del universo observable. Este mundo que estaba encima del nuestro ha cambiado mucho, al igual que el cielo de casi todas las religiones. Nos quedan las singularidades, las anomalías y los sueños, en donde muchos nos refugiamos. También están esos mundos casi-reales autoprovocados, basados en creencias añejas que suponemos superiores. Y por supuesto, tenemos el cine.

El cine es sueño, no la vida, habría que decirle a Calderón de la Barca. Y en los sueños todo se vale. El reto es importar el mundo del sueño al mundo de las imágenes, del nitrato de plata y los químicos reveladores. Recordemos que revelar significa quitar el velo, dejar ver lo que de verdad está ahí, oculto. Nuestros sueños pueden tener mucho sentido para nosotros mismos, pero al momento de contarlos muchas veces pierden la emoción, la magia, el color, la angustia, la alegría. Comunicar emociones ya es difícil, comunicar sueños repletos de emociones complejas se antoja casi imposible.

Pero lo han hecho, muchos, muchas veces. Por eso adoramos el cine, porque nos lleva a esos mundos ajenos, nos hace reconocernos en los sueños de otros.

Pero también está lo místico. Mientras unos estamos preocupados por los wikileaks, por la guerra narcocalderónista, por los presos políticos, por la corrupción gubernamental y la injusta distribución de la riqueza, otros están pensando en el poder curativo de los milagros, en el misterio de nuestra existencia, en el desapego o en dimensiones espirituales alternas. En ese universo místico encontramos muchos ejemplos en el cine, desde Bergman, Tarkovsky, Paradjanov, Antonioni, Angelópulos, y otros, con menos glamour pero mayor éxito comercial, que han hecho películas como Las nueve revelaciones, El secreto, Y tú qué blip sabes, Juan Salvador Gaviota, El sendero del mago, Samsara o Baraka. Unos con mayor calidad que otros, logran hacer del cine una herramienta para comunicarnos sus creencias.

Cada quien sus demonios. La trascendencia es parte esencial de la labor del artista, por ello es muy fácil ese encuentro con el pensamiento mágico que busca respuestas en la metafísica, en lo paranormal, en lo místico, en los amigos imaginarios. Despreciar el justo presente en aras de una búsqueda de más allá. Y el cine nos ha dado grandes historias a partir de estos entrecruzamientos: Spiderman, Alicia en el país de las maravillas, la Guerra de las galaxias, Matrix, peículas donde la construcción del eidolon permiten trascender la existencia individual.

Y tenemos, por supuesto, a Alejandro Jodorowsky, quien desde México construyó nuevos mundos, nuevas formas de ver y hacer cine. Alquimia mental y existencial de los protagonistas, iconoclastia de la corrección cinematográfica, transgresión del canon y provocación a las buenas conciencias. Todo esto y más es el cine de Jodorowsky.

Y Jodorowsky dijo de Astral lo que muchos de ustedes ya saben. Y los miembros del culto a Jodorowsky lo creerán aunque no vean la película. Pero lo importante, con esta y con todas las otras películas del mundo, con las cinco películas que en este momento se estrenan en algún lugar del universo, lo importante, repito, es verlas. Lo deseable sería que cada quien, cargado de sus propios demonios, de sus propios miedos, de sus propios anhelos, vea esta película sin pensar en lo que dijera fulano o zutano. 


 Foto robada de la Miniguía


Es una road-movie, pero no esperen una road-movie. Pudiera ser una comedia de enredos, pero es solemne y seria. O una comedia romántica, pero sólo hay un beso y es a la mitad. O puede ser, ya lo dirá la crítica especializada, que sea un nuevo género, el cine de luz, como dice su director. O puede ser que sea otra cosa que ya existe, pero que no conocemos.

La fotografía es un elemento ineludible de Astral. No hay modo de pasarla de largo. Mucho podemos discurrir sobre la conveniencia o no de la modificación del color, de las convenciones alrededor de la imagen y como son respetadas a pesar de la aparente transgresión. Pero no lo haremos. Prefiero invitar a mirar, a disfrutar, a contemplar con calma y paciencia esos largos planos que nos ofrece el director, a descubrir esas olas que corren hacia atrás, las nubes, la arena, los cuerpos. Hay mucho cuidado en los emplazamientos, en los encuadres, nada de la composición se ha dejado al azar. La foto de Astral, en si, es digna de contemplarse.

Por último, está el detalle de que Enrique Olvera, el director de Astral, es de Yajalón, es de Chiapas. Eso hace que Astral sea la segunda película dirigida por un chiapaneco, luego de La pequeña semilla en el asfalto de Pedro Daniel López. Y que sea la primera que podríamos catalogar en el cine de ficción. Eso la hace importante en si, pero no nos fijemos en eso ahora, que será un trabajo de historiadores en el futuro lejano. Importa ahora celebrar. Hasta hace un par de años el mapa de la producción cinematográfica nacional tenía un hueco en Chiapas. Nada se hacía, nada se había hecho desde aquí. Ahora son dos y seguirán más, dependerá que los creadores venzan a sus propios fantasmas, que los equipos de producción no quieran ser más importantes que la obra, que las instituciones encargadas de apoyarlos lo hagan sin reservas ni favoritismos, que la iniciativa privada los apoye, sabiendo que es una tierra ignota, que todos somos nuevos en este territorio y que tendremos que ir aprendiendo juntos.
(texto leído en el estreno nacional de la película del mismo nombre, el 7 de diciembre de 2010 en el Teatro Zebadúa de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas)

4.12.09

Soy un mal zapatista

Anecdotario ficticio y personal de un paso tangencial por el zapatismo

Una y otra vez, momentos importantes de mi vida fueron marcados por el zapatismo, una y otra vez intenté plantarme, hacer de mi un militante obediente, un adherente pegajoso e irreductible. Pero una y otra vez fracasé por azares del destino (y uno que otro azahar). Parafraseando a un Jaime (otro Jaime, apellidado Morrison, de la UCLA), no importaba la inteligencia o la sensibilidad con que lo intentara, indefectiblemente mi alma de payaso me obligaba a meter la pata en los momentos más importantes.

Uno: Tres estudiantes de comunicación de la UAM de paseo por San Cristóbal se cuelan a una reunión donde periodistas y activistas locales planean "La Jornada Chiapas". La contraseña para poder entrar fue: "Somos amigos de Amadito", aunque dos de ellos ni siquiera lo ubicaban de vista. No evitan preguntar sobre los enfrentamientos recientes de un grupo guerrillero con el ejército. "Si, los hemos visto, vienen y nos dejan sus documentos en la puerta, pero no hemos hablado con ellos". No preguntan más y se concentran en el asunto del nuevo periódico (que por aquel entonces era toda una referencia).

Luego, ya solos, los tres estudiantes se plantean la posibilidad de quedarse a apoyar el proyecto periodístico: "¿Para qué? dice uno de ellos, si se ve que aquí nunca pasa nada". Regresan a "la gran ciudad donde pasan las cosas" y no volverán a viajar juntos a ningún lugar. Tampoco habrá Jornada Chiapas, en buena medida por la vorágine de acontecimientos que vendría cuatro meses después donde varios de los presentes en aquella reunión se volverían protagonistas de las noticias pero también porque harían falta, por ejemplo, tres pares de manos de jóvenes comunicadores enjundiosos.

Dos: Una marcha sienta las bases de los que más adelante será el zapatismo civil, el zapatismo urbano. Miles (o más) marchamos, no en apoyo a la guerrilla sino con la esperanza de detener masacres en Chiapas. En los anales queda registrado que esa marcha detuvo la guerra. Una de las pocas marchas en la historia que ha conseguido algo concreto, heroico, trascendente. Es también la marcha de las siglas. Los jipis, los comunistas, los pacifistas, los estudiantes, los obreros, los partidos, los new age, todos juntos y todos con sus mantas y carteles identificándose. Éramos todos y todas, de todos colores, de todo signo, de toda fuente.

En Av. Madero, antes de llegar al Zócalo, leo que el periódico vespertino anuncia el cese al fuego —Salinas lo había ordenado, tres horas antes de la marcha—. Trato de decirles, de convertir esa marcha por la paz en una fiesta, celebrar el recule, aplaudir el fin de las balas. "Esta marcha no es de fiesta" me responde uno que contaba cabezas mirando su futuro. Todos, menos yo, quedan convencidos de que la guerra se detuvo después de la marcha, gracias a la marcha. Y cada vez que lo decía, la señora sociedad civil me odiaba más por poner en duda su fuerza y su poder.

Tres: La asamblea de la universidad elige a sus delegados a la Convención Nacional Democrática, que se celebrará enmedio de la selva. Alguien grita mi nombre. En un segundo pienso en el largo viaje, en el lodo, en el calor, en las horas y horas de espera, en las pulgas, en la terracería, en todo el trabajo y el "compromiso con la Historia" que tendría al volver. Pienso sobre todo en esa hermosa muchacha que no quiso entrar a la asamblea, que está a punto de decirme que si y que si me voy ahora seguramente me olvidará.

Rechazo el nombramiento. Recuerdo al menos otros dos que lo rechazaron (César y Noé). Los tres delegados elegidos en esa asamblea son ahora críticos alejados del zapatismo: Héctor desde su oficina del partido, Ana desde su empresa consultora de PEMEX y Pedro desde la redacción de su revista. La muchacha me olvidó, se casó con otro y tuvo un hijo tan hermoso como ella. Me sigo arrepintiendo, no por la decisión, sino por el viaje que no me aventé, el primer zapatour de la historia.

Cuatro: No participo en los cinturones de paz durante el diálogo, ni en Catedral ni en San Andrés. Hace unos días, en una fiesta, no pude participar de una conversación por no tener anécdotas que contar al respecto. Donde si me formé fue en la valla que recibirá a la comandante Ramona, para el Congreso Nacional indígena. Varias horas frente al Centro Médico, esperando el camión que la transportó de Chiapas al DF.

El primero en bajar fue Elorriaga, que algo dijo y de inmediato se armó el caos, todos quieren ver a la comandata. Empiezan los golpes y los gritos de "fuera la prensa": los fotógrafos de primera fila no dejaban ver a los vallistas. El show no es para hacer presencia en medios, no es para aumentar la resonancia de lo que se dirá en el congreso, el show es para que nosotros, los vallistas, podamos ver de cerca a Ramona. Escucho por primera vez la frase que define a esos profesionales de la seguridad zapatista: "Les sale el policía que todos llevamos dentro". Fue mi última vez como cinturón de seguridad.

Cinco: En la fundación del Frente (el FZLN) las palabras son fundamentales. Un grupo peleamos por la permanencia de un artículo en los documentos fundacionales, un pequeño y solitario texto que decía: "es necesario resignificar nuestro lenguaje". Discutimos, neceamos, argumentamos. Mientras eso hacíamos, por otro lado, un grupo logra la inclusión de la palabra "socialismo". André Bretón dijo una vez "17 derrocará siempre a 71". Esa tarde no pudimos.

Por la misma ingenuidad de imberbe resulté ser el primer "expulsado" del FZLN. No logré integrarme a un comité (obligatorio para pertenecer) porque no conocía a nadie, intente inscribir un comité yo sólo, donde el "al menos tres" lo completé con mi gata (Luka) y mi pez (Shpakinté); el comité se llamaría Olomtik. El de la mesa de registro me dice "No compañero, no es Olomtik, es Oventik", intento explicarle que el tsotsil y el tseltal tienen más palabras, le hablo del inframundo y de mi onda darketona. "Yo he estado en Chiapas y SÉ que se dice Oventik" me responde sin escuchar. El compañero no está para bromas y cuando se entera del gato y el pez se ofende durísimo y me pide no regresar a la calle Zapotecos hasta que aprenda a respetar la lucha. No precisamente de este modo, pero de muchos otros, los del Frente se irán quedando solos, poco a poco, hasta desaparecer. Yo de por sí estaba solo.

Seis: La primer consulta zapatista se hizo con el apoyo e infraestructura de una organización vinculada con la CIA. Yo formaba parte de esa organización y hasta hice mi tesis de licenciatura sobre ellos. Entonces podíamos pretender ser árbitros, votar por Cuauhtémoc, marchar con Andrés, llenar caravanas convencidos de ayudar, ir al concierto con tu kilo de frijol. Entonces todavía cuestionaba la redacción de las preguntas, el acarreo de consultados, la presión para que la gente de la calle respondiera preguntas de las que no tenía idea ni opinión (y Bourdieu al oído, susurrándome). Entonces no entendía nada.

Años después, ya fuera de la organización vinculada con la CIA, participé en la otra consulta. En las reuniones de coordinación (la coordinadora) estuvimos en muchas discusiones (desde una minoría ridícula) para que no se usara la consulta como estrategia partidista del movimiento urbano. Meses más tarde, seguiríamos discutiendo con las mismas personas, que de pronto eran también estudiantes de la UNAM. También ahí perdimos todos los debates y también ahí éramos minoría ridícula. La peor derrota, más íntima, fue cuando en la huelga, luego de varias broncas internas entre nosotros y los otros, el sub Marcos mandó una carta dándole su apoyo a los segundos. Todavía no entiendo nada de lo que pasó en aquel entonces.

Siete: Febrero y Zedillo nos sorprendieron con el miedo. Fuimos a las ventanas y a las puertas a quitar propaganda, consideramos esconder videos y libros —esas eran las pruebas contra los recién encarcelados—. No lo hice, porque como siempre dije "¿Nosotros qué?, no tenemos nada que ver." Los balazos habían sido una confusión, como lo habían sido siempre. Ni siquiera The entertainer al teléfono me hizo cambiar de opinión. El resto comenzó a mirar por encima de su hombro.

Con miedo y todo volvimos a marchar. El contingente de la UAM era más nutrido. Competían por compartir una parte de la historia de un nuevo personaje: Podrá haber estudiado en Filosofía de la UNAM, pero dio clases en la UAM. Un tal Témoris inventa una consigna ñoña: "Marcos fue mi profe". Basados en la información de la PGR legitiman un personaje que debíamos negar, un personaje que era invención de Zedillo. En esa lógica Alfredo, Linda, Diego, Pedro y yo hicimos nuestra manta: Marcos no es uno, somos todos. "No cabe esa frase, hay que acortarla", dice Alfredo. Queda "Marcos somos todos". Luego, ya en la marcha, la frase pasa de boca en boca y de contingente en contingente, trasciende el tiempo. Más que ser adoptada, fue adaptada, el "Todos somos Marcos" estaba más en la lógica de la figura idolatrada y la masa que le apoya (¡Todo lo contrario de lo que queríamos decir!). Un detalle semántico que nos impide reivindicar su creación.

Foto: Ricardo Cruz Orea. Publicada en el libro "EZLN, otro mundo es posible.
Memoria de 12 años del movimiento zapatista en México"

Ocho: Fox hablaba, los zapatistas marchaban al DF y yo planeaba una boda (la mía). Acomodamos la fecha para poder llegar a la ciudad de México el mero día en que entrara la caravana y no perdernos el momento histórico. Cuando ya estaban listas las invitaciones me enteré que habían cambiado la fecha. Cambié la fecha de la boda. Cuando estábamos por terminar las nuevas invitaciones volvieron a cambiar la fecha de arribo al Zócalo. Volvimos a cambiar la fecha del casorio. Fox seguía hablando.

La boda sucedió. A pesar de estar en territorio hostil (el mismo Marcos tuvo que pedir permiso para pasar por ahí semanas antes) hubo suficiente Che Guevara y suficiente trova como para no sentir defección. Todo fue de acuerdo a lo planeado y al otro día, crudos y desvelados, salimos 20 personas en tres autos con dirección al DF para recibir a los comandantes en su entrada triunfal a la capital. Fuimos rápido y casi no tuvimos tráfico íbamos emocionados, cantando himnos y toda la cosa. En la entrada al DF prendimos la radio y escuchamos la voz de un reportero: "…la caravana zapatista va de regreso a la ENAH, luego de que esta mañana la comandancia decidió adelantar cuatro horas la concentración en el Zócalo, que registró un lleno total".

Nueve: La otra campaña comenzó en mi casa. No es exactamente cierto, pero me gusta decirlo así. Era el fin de octubre y todas las actividades otracampañísticas empezarían el 1 de noviembre. Pero un grupo de activos residentes de sancris decidieron empezar antes y por alguna razón que desconozco su primer acto fue a cuadra y media de mi casa. Ya que estaban ahí ayudé un poco con el montaje y esas cosas. Los discursos preparados para la ocasión me daban hueva. Luego la otracampaña se convertiría en esa vergonzante contracampaña autoboicoteadora, pero luego. Ese día iban contra todos los partidos y candidatos.

Cuando acabó el acto, invité a la comitiva a tomar un vaso de agua a la casa. Mi vecino el policía vio como los "zapatistas" entraban a mi casa. "Pasen a la sala mientras les sirvo" dije amablemente. Cuando regresé con el agua tenían varias preguntas y comentarios: ¿Por qué tienes tantos controles remotos? ¿Toda esta casa es nomás para ti? ¿Cuántos pisos tiene? "Está chida tu sala, con alfombra y todo". No recuerdo que respondí pero terminaron su vaso de agua, se levantaron y se fueron. Quise decir que nada de eso era mío, que yo sólo cuidaba la casa; quise decir que me gustaba coleccionar controles aunque sólo uno sirviera, pero no dije nada porque me sonaba a justificación barata con quien no la había pedido. No me volvieron a invitar a ningún otro acto.

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El otro día salí a la calle, saludé a mi vecino el policía, caminé a mi trabajo (que es un lugar del gobierno y proimperialista y de la CIA), y ahí, frente a la secundaria coleta donde estudié, me di cuenta de que nunca lograría ser un zapatista (de los civiles, de los que nomás apoyan) con plenos derechos de voz, descalificación y obediencia. Entonces me di cuenta de que no quería serlo, de que me gustaba más no serlo, que quería apoyarles cuando sintiera necesario, aprenderles todo lo posible, votar cuando yo quisiera y por quien sea, no dar ni pedir certificados de buena conducta, mirar hacia afuera y pensar pa' todos lados.

"Soy un mal zapatista" dije sonriendo y seguí caminando.