11.2.11

Astral, cine chiapaneco de luz


facile inventis addere

Dice Enrique Olvera que él hace cine de luz. Todo el cine es de luz, digo yo. Pero él está pensando en iluminación espiritual, yo estoy pensando en nitratos de plata que reaccionan a la luz (que es la base química del cine). O bien, mientras que unos piensan que los seres de luz son aquellos en comunión con el todo, otros pensamos en los electricistas del SME.

Así, estoy aquí, un materialista irredento, presentando una película con base metafísica.

Foto robada de la Miniguía

Desde su origen el cine ha estado atravesado por la idea del negocio. La gente que hace cine no se parece a esos artistas románticos que no tenían para comer, sino que en su gran mayoría son hombres y mujeres de negocios que saben que sólo con dinero, con mucho dinero, podrán alcanzar el éxtasis creativo. Eso no es nada espiritual.

En ese mundo donde todo cuesta, no sólo los errores se pagan caro, sino también los aciertos, las grandes ideas mientras más costosas, se ven mejor. En ese mundo aventurarse a crear una película de autor, que además tiene una trama que densea entre lo espiritual y lo sobrenatural es un gran riesgo que siempre se debe aplaudir.

Supra naturalis se decía en la antigüedad a todo aquello que quedaba fuera de nuestra comprensión, fuera de la naturaleza y del universo observable. Este mundo que estaba encima del nuestro ha cambiado mucho, al igual que el cielo de casi todas las religiones. Nos quedan las singularidades, las anomalías y los sueños, en donde muchos nos refugiamos. También están esos mundos casi-reales autoprovocados, basados en creencias añejas que suponemos superiores. Y por supuesto, tenemos el cine.

El cine es sueño, no la vida, habría que decirle a Calderón de la Barca. Y en los sueños todo se vale. El reto es importar el mundo del sueño al mundo de las imágenes, del nitrato de plata y los químicos reveladores. Recordemos que revelar significa quitar el velo, dejar ver lo que de verdad está ahí, oculto. Nuestros sueños pueden tener mucho sentido para nosotros mismos, pero al momento de contarlos muchas veces pierden la emoción, la magia, el color, la angustia, la alegría. Comunicar emociones ya es difícil, comunicar sueños repletos de emociones complejas se antoja casi imposible.

Pero lo han hecho, muchos, muchas veces. Por eso adoramos el cine, porque nos lleva a esos mundos ajenos, nos hace reconocernos en los sueños de otros.

Pero también está lo místico. Mientras unos estamos preocupados por los wikileaks, por la guerra narcocalderónista, por los presos políticos, por la corrupción gubernamental y la injusta distribución de la riqueza, otros están pensando en el poder curativo de los milagros, en el misterio de nuestra existencia, en el desapego o en dimensiones espirituales alternas. En ese universo místico encontramos muchos ejemplos en el cine, desde Bergman, Tarkovsky, Paradjanov, Antonioni, Angelópulos, y otros, con menos glamour pero mayor éxito comercial, que han hecho películas como Las nueve revelaciones, El secreto, Y tú qué blip sabes, Juan Salvador Gaviota, El sendero del mago, Samsara o Baraka. Unos con mayor calidad que otros, logran hacer del cine una herramienta para comunicarnos sus creencias.

Cada quien sus demonios. La trascendencia es parte esencial de la labor del artista, por ello es muy fácil ese encuentro con el pensamiento mágico que busca respuestas en la metafísica, en lo paranormal, en lo místico, en los amigos imaginarios. Despreciar el justo presente en aras de una búsqueda de más allá. Y el cine nos ha dado grandes historias a partir de estos entrecruzamientos: Spiderman, Alicia en el país de las maravillas, la Guerra de las galaxias, Matrix, peículas donde la construcción del eidolon permiten trascender la existencia individual.

Y tenemos, por supuesto, a Alejandro Jodorowsky, quien desde México construyó nuevos mundos, nuevas formas de ver y hacer cine. Alquimia mental y existencial de los protagonistas, iconoclastia de la corrección cinematográfica, transgresión del canon y provocación a las buenas conciencias. Todo esto y más es el cine de Jodorowsky.

Y Jodorowsky dijo de Astral lo que muchos de ustedes ya saben. Y los miembros del culto a Jodorowsky lo creerán aunque no vean la película. Pero lo importante, con esta y con todas las otras películas del mundo, con las cinco películas que en este momento se estrenan en algún lugar del universo, lo importante, repito, es verlas. Lo deseable sería que cada quien, cargado de sus propios demonios, de sus propios miedos, de sus propios anhelos, vea esta película sin pensar en lo que dijera fulano o zutano. 


 Foto robada de la Miniguía


Es una road-movie, pero no esperen una road-movie. Pudiera ser una comedia de enredos, pero es solemne y seria. O una comedia romántica, pero sólo hay un beso y es a la mitad. O puede ser, ya lo dirá la crítica especializada, que sea un nuevo género, el cine de luz, como dice su director. O puede ser que sea otra cosa que ya existe, pero que no conocemos.

La fotografía es un elemento ineludible de Astral. No hay modo de pasarla de largo. Mucho podemos discurrir sobre la conveniencia o no de la modificación del color, de las convenciones alrededor de la imagen y como son respetadas a pesar de la aparente transgresión. Pero no lo haremos. Prefiero invitar a mirar, a disfrutar, a contemplar con calma y paciencia esos largos planos que nos ofrece el director, a descubrir esas olas que corren hacia atrás, las nubes, la arena, los cuerpos. Hay mucho cuidado en los emplazamientos, en los encuadres, nada de la composición se ha dejado al azar. La foto de Astral, en si, es digna de contemplarse.

Por último, está el detalle de que Enrique Olvera, el director de Astral, es de Yajalón, es de Chiapas. Eso hace que Astral sea la segunda película dirigida por un chiapaneco, luego de La pequeña semilla en el asfalto de Pedro Daniel López. Y que sea la primera que podríamos catalogar en el cine de ficción. Eso la hace importante en si, pero no nos fijemos en eso ahora, que será un trabajo de historiadores en el futuro lejano. Importa ahora celebrar. Hasta hace un par de años el mapa de la producción cinematográfica nacional tenía un hueco en Chiapas. Nada se hacía, nada se había hecho desde aquí. Ahora son dos y seguirán más, dependerá que los creadores venzan a sus propios fantasmas, que los equipos de producción no quieran ser más importantes que la obra, que las instituciones encargadas de apoyarlos lo hagan sin reservas ni favoritismos, que la iniciativa privada los apoye, sabiendo que es una tierra ignota, que todos somos nuevos en este territorio y que tendremos que ir aprendiendo juntos.
(texto leído en el estreno nacional de la película del mismo nombre, el 7 de diciembre de 2010 en el Teatro Zebadúa de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas)